Tu perro tiene un máster en manipulación. Y tú le pagaste la matrícula.

Cinco comportamientos que reforzamos sin darnos cuenta y por qué nuestros perros aprenden tan rápido a conseguir lo que quieren.

Estás cenando tranquilamente y de repente, notas una presencia, miras hacia abajo y ahí está. Sentado, inmóvil. Mirándote fijamente como si llevara tres días sin comer y tú estuvieras disfrutando del último trozo de pollo del planeta.

Intentas ignorarlo pero entonces inclina ligeramente la cabeza y tú, que eres una persona adulta, independiente y perfectamente capaz de tomar decisiones, dices:

«Bueno, un trocito no le hará daño».

Enhorabuena. Acabas de renovar la beca de tu perro en la Universidad de Manipulación Humana. 🎓🤣

Aunque tenemos que aclarar algo antes de continuar: tu perro probablemente no está tramando un plan maquiavélico para controlar tu vida, lo que ocurre es bastante más interesante.

Está aprendiendo. Y puede que tú seas su mejor profesor.

Tu perro no necesita hablar para aprender qué funciona

En etología y ciencias del comportamiento existe un concepto fundamental: el condicionamiento operante.

Aunque suene complicado, la idea es sencilla.

Los animales aprenden, entre otras cosas, de las consecuencias de sus acciones. Cuando un comportamiento produce algo que resulta agradable o valioso, aumenta la probabilidad de que vuelva a repetirse.

A eso lo llamamos refuerzo positivo.

Por ejemplo:

  • Tu perro te mira mientras comes.
  • Tú le das un trocito de comida.
  • Él descubre que mirarte puede tener consecuencias deliciosas.
  • La próxima vez, vuelve a intentarlo.

No hace falta que nadie le haya enseñado formalmente a pedir comida, la vida cotidiana ya se está encargando de darle clases.

Y no, el refuerzo no tiene que ser siempre comida.

Una caricia, una mirada, un juego o conseguir tu atención también pueden reforzar determinados comportamientos.

Por eso hay muchas cosas que hacemos con nuestros perros que, sin darnos cuenta, terminan convirtiéndose en pequeñas rutinas de aprendizaje.

Veamos cinco bastante familiares.

1. La mirada de «llevo tres días sin comer» 🥺

🎥 La escena: estás comiendo y tu perro se sienta delante de ti.

No ladra.

No salta.

Simplemente te mira.

Con una intensidad que empieza a resultar emocionalmente insostenible.

Tú aguantas.

Él aguanta.

Finalmente, cae un trocito.

¿Qué puede haber aprendido?

Que quedarse cerca de la mesa y mirarte puede ser una forma eficaz de conseguir comida.

Y aquí hay un detalle interesante: los perros utilizan la mirada para comunicarse con nosotros.

Investigaciones sobre comunicación canina han observado que algunos perros alternan la mirada entre una persona y un alimento deseado, especialmente cuando necesitan la colaboración humana para acceder a él.

Es decir, esa mirada puede formar parte de una conducta comunicativa real.

Lo que no significa que tu perro esté pensando:

«Voy a utilizar mis conocimientos avanzados de psicología humana para conseguir ese filete».

Pero sí puede haber aprendido que mirarte funciona.

Y tú llevas años confirmándoselo.

2. La patita diplomática 🐾

🎥 La escena: estás trabajando, viendo una serie o hablando con alguien.

De pronto, una pata aparece sobre tu pierna.

La miras.

Sonríes.

Le acaricias.

Quizá incluso le das un premio porque te parece adorable.

Y lo es.

El problema —si es que queremos llamarlo problema— aparece cuando tu perro descubre que colocar la pata sobre ti es una manera bastante eficaz de interrumpir cualquier actividad humana.

¿Qué puede haber aprendido?

Que tocarte con la pata consigue una respuesta, a veces una caricia, a veces una conversación completa:

«¿Qué pasa, mi amor? ¿Qué quieres? ¿Quieres algo? ¿Qué le pasa a mi niño?«

Desde la perspectiva del aprendizaje, la atención puede funcionar como una recompensa, por eso, si cada vez que tu perro utiliza la pata recibe una reacción agradable, esa conducta puede hacerse más frecuente.

No significa que debamos dejar de acariciarlo.

Significa que podemos elegir cuándo y qué comportamientos queremos reforzar.

Porque una cosa es disfrutar de una patita cariñosa y otra muy distinta es tener un supervisor que te exige atención cada ocho minutos.

3. El drama en tres gemidos 🎭

🎥 La escena: tu perro quiere algo.

Empieza con un pequeño gemido.

No ocurre nada.

Prueba con otro.

Tampoco.

Entonces sube ligeramente el volumen y tú, que tienes una videollamada dentro de dos minutos, respondes:

«Vale, vale. Toma. Pero deja de llorar».

Silencio.

Paz.

Victoria canina.

¿Qué puede haber aprendido?

Que insistir puede dar resultado. Aquí entra en juego otro concepto importante: el refuerzo intermitente.

Cuando una conducta consigue una recompensa algunas veces, pero no siempre, puede mantenerse durante mucho tiempo.

Por ejemplo, si nueve veces no le das comida cuando insiste, pero a la décima terminas cediendo, esa recompensa ocasional puede contribuir a mantener la conducta.

Y si decides cambiar la rutina, quizá descubras que al principio insiste todavía más.

En modificación de conducta se conoce como estallido de extinción: una conducta previamente reforzada puede aumentar temporalmente cuando deja de obtener el resultado habitual.

Eso no significa que debamos ignorar cualquier gemido. Los perros también vocalizan por necesidades reales, miedo, dolor o malestar.

La clave está en entender por qué está vocalizando antes de decidir cómo responder.

Pero si se trata de una conducta aprendida para conseguir comida y siempre termina funcionando…

Bueno.

Digamos que el departamento de reclamaciones de tu perro tiene una tasa de éxito bastante alta.

4. El inspector de cocina 👨‍🍳

🎥 La escena: te levantas del sofá. Tu perro ni se inmuta.

Vas al baño. Tampoco.

Pero en cuanto entras a la cocina… Ahí está, no sabes cómo, no sabes cuándo. Solo sabes que ya está detrás de ti, supervisando la operación.

¿Qué puede haber aprendido?

Que la cocina es un lugar donde ocurren cosas interesantes. Especialmente si en ese espacio suelen aparecer premios, restos de comida o su propia ración.

Este comportamiento también puede explicarse mediante el aprendizaje asociativo.

Los perros pueden aprender a relacionar determinados lugares, sonidos y rutinas con acontecimientos importantes.

El ruido del envase de comida.

La apertura de un cajón.

La hora habitual de comer.

O simplemente verte caminar hacia la cocina.

Con el tiempo, esas señales pueden anticipar que algo agradable está por ocurrir. No necesariamente está pidiendo comida. Quizá simplemente está prestando mucha atención a un lugar donde históricamente han sucedido cosas estupendas.

La cocina tiene un historial de recompensas. Y tu perro lleva la contabilidad.

5. El famoso «solo por esta vez» 🍗

🎥 La escena: hoy has decidido que no vas a darle comida de la mesa.

Estás firme.

Convencido.

Comprometido con tus principios.

Hasta que llega una ocasión especial.

«Bueno, hoy sí. Pero mañana no».

Mañana llega.

Tu perro vuelve a pedir.

Y tú te preguntas por qué no entiende que ayer era una excepción.

¿Qué puede haber aprendido?

Que pedir comida sigue siendo una conducta que merece la pena intentar.

Recuerda lo que comentábamos sobre el refuerzo intermitente: cuando una recompensa aparece de manera ocasional, la conducta puede persistir.

Desde nuestra perspectiva, hay una diferencia enorme entre un martes cualquiera y una cena especial. Desde la perspectiva del perro, lo relevante puede ser algo mucho más sencillo:

A veces, cuando pido, consigo comida.

Y con eso puede bastar para seguir probando. La solución no es prohibir todos los premios ni convertir la alimentación en un régimen militar, es establecer rutinas comprensibles y mantener cierta coherencia.

Porque tu perro no puede consultar el calendario para saber cuándo has decidido hacer una excepción.

Entonces, ¿mi perro me manipula?

Depende (jajaja) de qué entendamos por manipular 🧐.

Si utilizamos la palabra en sentido humorístico para describir a un perro que ha aprendido a conseguir cosas de nosotros, podemos echarnos unas buenas risas.

Pero desde un punto de vista científico conviene ser más precisos.

Los perros son animales sociales capaces de aprender de nuestras respuestas y utilizar distintas señales para comunicarse. Algunas investigaciones han encontrado comportamientos compatibles con comunicación intencional cuando los perros quieren acceder a un alimento y necesitan ayuda humana.

Sin embargo, eso no demuestra que comprendan nuestras emociones e intenciones de la misma manera que una persona, ni que estén diseñando estrategias conscientes de engaño.

Tu perro no necesita ser un villano de película para ser extraordinariamente bueno aprendiendo.

Y esa es, precisamente, la parte fascinante.

¿Y cómo dejamos de reforzar estos comportamientos sin convertirnos en los malos de la película?

La respuesta no es gritarle, regañarle por pedir comida o castigarle por acercarse a nosotros.

Podemos trabajar con los mismos principios de aprendizaje que ayudaron a establecer esas conductas.

1. Decide qué quieres que haga en su lugar

Es mucho más útil enseñarle una alternativa que limitarte a repetirle lo que no quieres.

Por ejemplo, puedes enseñarle a permanecer tranquilo en su cama mientras comes.

2. Refuerza el comportamiento que sí quieres ver

Empieza practicando fuera de las comidas.

Cuando vaya voluntariamente a su sitio, prémialo.

Después, aumenta gradualmente el tiempo que permanece allí.

La idea es que descubra que descansar en su espacio también tiene consecuencias agradables.

3. Mantén rutinas coherentes

Si no quieres que pida comida en la mesa, procura que las personas de casa sigan el mismo criterio.

Porque puedes pasar toda la semana trabajando una conducta…

Y que alguien aparezca el domingo diciendo:

«Pero si es solo un trocito».

Ya conocemos cómo termina esa historia.

4. No confundas educación con privación

Tu perro necesita una alimentación adecuada, agua, descanso, actividad, juego e interacción social.

No se trata de ignorar sus necesidades. Se trata de distinguir entre una necesidad real y una conducta que ha aprendido porque anteriormente obtuvo una recompensa.

5. Utiliza premios de forma consciente

Los premios pueden ser una herramienta estupenda para enseñar.

No hace falta eliminarlos. Podemos reservar una parte de su ración diaria para actividades de aprendizaje, siempre que el alimento sea apropiado para ese uso y que mantengamos la cantidad total adecuada.

Y recuerda que no todas las recompensas tienen que ser comestibles.

El juego, la atención y otras actividades que disfrute también pueden ayudarnos a reforzar comportamientos.

Así que la próxima vez que tu perro te ponga esa mirada de víctima de una tragedia gastronómica…

Respira.

Recuerda todo lo que acabas de leer.

Y hazte una pregunta:

¿Estoy a punto de darle un premio… o de pagarle otro semestre de matrícula? 🎓🐶

Un Abrazo
Equipo Optimist

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